El Dardo: Mi “Momento Cero”
Miércoles 07 de Julio de 2010 20:12

Fueron meses en que me enfrenté día a día a mí mismo. La gran confusión era si “transaba” en lo que yo era producto de las “presiones” del ambiente, o, sencillamente, seguía siendo “yo”, aunque a muchos no les agradara. Por Kenneth Gent F.
Mi “Momento Cero” empezó cuando descubrí que la felicidad no se logra sin derrotar primero al miedo.
El haber aprendido a enfrentar mis miedos hizo que desde muy pequeño me sintiera diferente. No tenía idea que Ralph Waldo Emerson había dicho alguna vez que “la confianza en sí mismo es el primer secreto del éxito”; para mí, desde siempre fue así. El secreto está, quizás, en que de verdad siento que todo está en uno mismo. Lo que la mayor parte de la gente no sabe es a qué precio esto se consigue. Sólo uno conoce cuánto esfuerzo nos cuesta llegar a ser los que somos. Algo sí les puedo asegurar: nada en esta vida es gratis, y lo que parezca serlo, a la larga nos costará más caro que todo el resto.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo estaba en quinto básico. Era presidente de curso, el primer alumno de la clase y jugador titular en los equipos de fútbol y básquetbol del colegio. Mi mamá siempre me decía bromeando que yo era como un “viejo chico”: demasiado “ordenado y responsable”, pero así era mi esencia. Dentro de mis compañeros, era uno de los más chicos de estatura, razón por la cual desde siempre tuve que valerme de otras argucias diferentes a la fuerza bruta para hacerme un espacio en el competitivo ambiente que tienen los colegios de hombres. Sin duda que el deporte era una buena llave.
Todo era normal, hasta que sucedió un hecho que me cambiaría para siempre. En esos años, cuando había un cumpleaños de algún compañero, lo usual era que todo el curso estuviera invitado; mal que mal “todos éramos amigos”. Pero esa ocasión sería diferente. Llegué en la mañana al colegio y no entendía por qué todos se echaban tallas de lo bien que lo habían pasado el día anterior… Al momento de preguntarles, el tema se cambiaba. Nadie hablaba de ello conmigo, pero definitivamente era “el gran suceso”. ¿Qué pasó? Sencillo, hubo un cumpleaños en el que estuvo todo el curso menos uno: yo. Mis más cercanos me manifestaron su tristeza por el hecho, pues no supieron de la situación sino hasta estar en la casa del festejado. Lo cierto es que en mi interior algo hizo “clic” y me dejó pensativo por largo tiempo. Fueron meses en que me enfrenté día a día a mí mismo. La gran confusión era si “transaba” en lo que yo era producto de las “presiones” del ambiente, o, sencillamente, seguía siendo “yo”, aunque a muchos no les agradara.
No debe haber sido fácil asumir que la vida no sería como siempre soñé que lo fuera. Mucho menos si se trataba de un pequeño niño de no más de 10 u 11 años. Luego de ese día, jamás volví a ver la vida con “anteojeras” que me mantuvieran ciego a la realidad. Asumí el precio de quitármelas por voluntad propia. Con el sufrimiento de enfrentar lo que no me gustaba, decidí, pese a todo, que en la vida uno debe, por sobre todo, ser feliz. Y no hay forma de llegar a ser feliz si no se es uno mismo.
Curiosamente, saqué el mejor regalo de aquella celebración a la que no fui invitado: me hice consciente. Ese fue mi “Momento Cero”. Hoy miro hacia atrás y me reconforta haber hecho lo correcto. Elegí lo más difícil, aunque me significara “quedarme solo”, porque, para mí, el resto no tenía sentido si debía dejar de ser “yo”. Al final, esa actitud me ha llevado a tener más amigos (“de verdad”) de los que imaginé. Desde entonces, los “Momentos Cero” se han sucedido uno tras otro en mi vida. No es de extrañar: yo les dejo siempre la puerta abierta para que, cuando aparecen, me zamarreen el piso y todo vuelva a empezar.
