La ambición de los emprendedores
Martes 13 de Septiembre de 2011 02:17

Por Fernando Vigorena*
La palabra ambición siempre ha tenido una connotación ambigua. Si determinada persona es tildada de “ambiciosa”, normalmente se queda sin saber si agradecer el elogio o protestar por el insulto. Si no se presta atención en la entonación o en la manera como la frase fue dicha, continuará la duda.
En suma, no hay cómo clasificar a alguien ambicioso sin dar una explicación a continuación. Ese trazo de desconfianza se debe a nuestra cultura latina, que impone un conjunto de valores que determinan lo que es, y lo que no es aceptable en el comportamiento social.
Pero convengamos en que ejercer la ambición no siempre es algo que se pueda hacer con mucha cautela y diplomacia, generalmente, presupone demanda de energía, respuestas, gusto por el poder, agresividad e innovación, actitudes que pueden desagradar a mucha gente. La ambición en verdad merece una mejor reputación. La historia confirma que la ambición está más orientada hacia una acción buena que una mala, y los grandes emprendedores la poseen.
La única energía humana que mueve a las personas, que las hace avanzar y que direcciona sus esfuerzos para realizar una cosa, es la ambición.
Las personas ambiciosas son impulsadas por un poderoso deseo de cambiar las cosas a su alrededor y también su propio destino durante el proceso. Donde los otros observan obstáculos, ellas ven una oportunidad, ignoran lo viejo y tienen coraje de explorar lo nuevo. Piensan en grande y se llenan de entusiasmo con las innovaciones, con maneras diferentes y mejores de hacer las cosas.
Batallar por una idea es una de las características comunes de todos los emprendedores ambiciosos. Otra, no menos importante, es mirar hacia delante y ver cosas que otros no ven. La visión es probablemente uno de los sentidos más agudizados, como un surfista que reconoce de lejos la mejor ola, él genera una forma de salvarla mucho antes que la mayoría de sus contendores.
Desafían la seguridad de un presente seguro y promisorio por un futuro incierto pero lleno de aventura y nuevos horizontes. Sin embargo, a los ambiciosos les agrada correr riesgos, cambiar lo cierto por lo incierto, pero si es necesario reconocer que el exceso es siempre peligroso y la moderación es sinónimo de inteligencia.
Pero la ambición equilibrada es compuesta de un propósito constante y gobernado por fuertes valores, de preferencia que mantengan el coraje, la perseverancia y, sobre todo, la ética. Aquellos que traspasan los límites de la honestidad corren un serio riesgo de ver su carrera naufragar.
En el ámbito personal o profesional, nuestras relaciones son gobernadas por los valores y por las creencias que adquirimos a lo largo del tiempo. Ese criterio también nos ayuda a trazar una línea entre la conducta mora e inmoral. Los ambiciosos deber aferrarse a esos valores para no ser vulnerables a la corrupción.
Es claro que todos queremos más; más dinero, más poder, más reconocimiento. Al final, el deseo de crecer es el combustible que alimenta la ambición.
El asunto es identificar los límites para obtenerse lo deseado, pero una buena ambición requiere algo más que eso. El ideal es que el éxito sea alcanzado de una manera que beneficie e inspire a los otros. O sea, el buen ambicioso necesita de una causa de valor que lo guíe por medio de la adversidad. Algo que enriquezca la vida y entregue a la persona un sentido, un significado. La mayoría de los profesionales no piensa en cómo su trabajo puede contribuir en un sentido más amplio, más ambicioso.
La ambición es una de las características de los emprendedores. Muchos de ellos consiguen transformar la arrogancia en altruismo, pero otros, al contrario, sucumben ante las ganancias, la megalomanía y el autoritarismo, fallas humanas comunes que representan el lado más oscuro de la ambición. Muchas veces las personas se tornan tan seguras de su superioridad que no se dan cuenta de que nadie consigue obtener éxito solo, y acaban aislando a sus seguidores. Ignoran consejos y no aceptan fácilmente comentarios ni sugerencias. Prefieren mandar a oír, y dominar por la fuerza de la autoridad, en vez de por la fuerza de las ideas. Conviven mal con la competencia ajena. Se sienten amenazados por la opinión de los otros, principalmente diferentes de la suya.
En líneas generales, la ambición es algo poderoso, capaz de promover una rápida escalada o una caída brusca. Alcanzar la cima o llevarse una caída con ella. El hecho es que la ambición funciona como un motor, un resorte propulsor del crecimiento.
Nuestro querido amigo, Felipe Cubillos, era una de esos ambiciosos. No se contentaba con mirar cómo sucedían las cosas, sino que decidió intervenir, cambiando sus intereses personales por el servicio a sus semejantes. Él nos entregó una vida de ambición, de ambición por servir. Que Dios tenga a este ambicioso en su seno.
*Fernando Vigorena es conferencista motivador. www.conferencistas.cl













