Entrevista a Humberto Maturana, premio Nacional de Ciencias: “Tenemos que invitar a los niños a la reflexión”
Lunes 17 de Agosto de 2009 21:53
A juicio del científico, los colegios y universidades deben estimular de manera atractiva a los estudiantes para que se interesen en los contenidos. Y esto pasa necesariamente por la reflexión.
Por: Nicolás Rojas B. // Fotografía: Sergio Gajardo P.
Es probablemente el científico más destacado de nuestro país. Doctor en Biología de la Universidad de Harvard y Premio Nacional de Ciencias (1994), Humberto Maturana conversó con Momento Cero (Mo.0) sobre su experiencia como científico y humanista, y analizó el presente de la educación.
Maturana ha centrado su pensar en “el vivir humano en su doble dimensión biológica y cultural. No como dos cosas que se yuxtaponen, sino como un algo integrado. Por eso nuestra preocupación es el origen de lo humano, sobre la naturaleza del conversar, la naturaleza de la reflexión”.
Él se escapaba del colegio porque, cuenta, en su "casa estaba mejor. El problema es que no castiguen a los niños por eso”. Su visión es que en los profesores recae la responsabilidad de orientar la enseñanza a una forma atractiva para que los estudiantes se interesen.
“Si uno ve que los jóvenes no respetan a sus maestros, quiere decir que algo anda mal. Si los jóvenes no se sienten felices en el colegio, quiere decir que algo anda mal. No es que algún niño no se sienta feliz, pero si la tónica es que se sienten atrapados, que el colegio los restringe, que no les ofrece una invitación interesante y alegre, quiere decir que algo anda mal”, plantea Maturana.
Entonces, ¿cómo se hace esa invitación?
Pensando en que los niños son todos inteligentes y que pueden aprender cualquier cosa si uno sabe invitarlos a lo que quieren. Debemos invitarlos a la reflexión. Si los adultos reflexionan, si frente a una pregunta se detienen a decir ‘a ver déjame explicarte de qué se trata o veamos cómo es esto’, hay un espacio de conversación donde los niños sienten que sus preguntas son legítimas (…), porque no saben. Esa es una invitación a reflexionar. Ahora si uno contesta como dueño de la verdad, contesta desde la certidumbre y niega la reflexión. Porque si yo sé de qué se trata, no me pregunto de qué se trata; si yo sé dónde estoy parado, no me pregunto dónde estoy parado.
¿Hay exceso de certidumbre?
No sé si compararlo con que haya más certidumbre o menos, pero cuando no hay conversación, cuando las personas no se detienen a conversar sus diferencias, entonces se mueven en la certidumbre.
En el movimiento de los estudiantes hace unos años atrás (“revolución pingüina”), ellos se plantearon en la exigencia. Cuando uno exige, no está dispuesto a escuchar una conversación; quiere que las cosas sean como uno dice: eso quiere decir que no hay reflexión. Cuando un joven le tira un vaso de agua a la ministra de Educación (Mónica Jiménez), quiere decir que hay mucha agresión. Porque eso no resuelve nada...
¿Qué motiva ese tipo de actos?
Porque hay frustración. Porque en el colegio no se conversa…
¿Cómo se cambia eso?
La tarea de los profesores es saber mucho más que aquello que va a enseñar. El enseñar es una cosa distinta, enseñar es mostrar. Yo a los niños les voy a mostrar cómo se hace la matemática, pero para poder mostrar tengo que tener su atención y para eso tengo que comportarme de modo que les resulte interesante lo que yo les explico. Entonces tengo que tener una disposición de escuchar aquello que los niños quieren y dicen, porque ellos son tan inteligentes como yo, pero no saben. Si no está esa disposición de acoger al otro, sino que estoy ahí para exigirles (…), entonces no van a estudiar, no van a aprender. Pero si yo los acojo, los escucho, si contesto sus preguntas, no desde el dogmatismo, no desde ‘yo sé’, sino desde la reflexión, se van a interesar y las clases se van a transformar en una conversación sobre la experiencia reflexiva y la experiencia de acción.
En el fondo eso es la esencia de la disposición reflexiva, mostrar los fundamentos de lo que yo digo y de por qué eso es así. Cuando me pregunten ‘¿cómo lo sabe?, no decir: ‘bueno yo he estudiado 20 años matemáticas, así que sé’. Esa respuesta no sirve.
Entonces, ¿hacia dónde debiese apuntar la educación?
La educación es una transformación en la convivencia, los niños y los jóvenes se van a transformar según la relación que tengan con los adultos que convivan. De modo que si mi tarea es educar, tengo que generar el espacio en el cual esa transformación a la convivencia resulte interesante, reflexiva, la ampliación y el entendimiento de los haceres y los saberes.
¿Qué rol juega la perseverancia en el proceso del aprendizaje?
La perseverancia es la disposición a seguir mirando algo que uno no entiende, que mirado de muchas maneras distintas empieza a aparecer algo que haga sentido.
Y las frustraciones, ¿cómo se manejan?
Las frustraciones siempre están revelando un apego. Yo estoy profundamente frustrado porque debería resolver esto y no lo puedo hacer. ¿Pero por qué debería poder? ¿Desde dónde creo yo que debería poder? Yo quisiera poder, pero si yo quiero entonces puedo estudiar y resolverlo. Pero el yo debería me pone en una situación de exigencia sobre mí, entonces me frustro. Pero si me planteo no en que yo debería hacer algo que no sé hacer, sino en que me gustaría poder hacerlo, me pongo en el espacio de la acción y me pongo a estudiar y luego no hay frustración.
Hay una serie de cosas en que en nuestra cultura nos ponemos situaciones así. Ponemos a los niños en situaciones de vergüenza o frustraciones en circunstancias que no tendría por qué ser. Si yo hago una pregunta a un alumno y no sabe, o me contesta algo inadecuado, yo converso con él para invitarlo a mirar de nuevo y a descubrir desde sí mismo, yo lo llevo a encontrar la respuesta adecuada, no lo reto porque no sabe. Si lo reto lo pongo en la vergüenza o la frustración.
Científico, innovador
Hace años, mientras Humberto Maturana dictaba una clase sobre el origen de los seres vivos, un alumno le preguntó qué pasó 4 mil millones de años atrás cuando éstos se originaron. Le contestó que no sabía, pero que si volvía el próximo año lo resolvería, “¡y me demoré tres! Andaba con la pregunta día y noche, todo momento era circunstancia para echar una miradita”, comenta entre risas.
“Pero lo interesante para mí en esa situación es que yo le di validez a esa pregunta, no le dije ‘mira esa pregunta no se puede responder o es muy difícil de contestar’. ¡No dije eso! Pero me comprometí a entregar una respuesta (…). Y ni siquiera sé si volvió, pero sí sé que eso abrió un camino reflexivo importante para mí. Y sí sé que la respondí”, sostiene.
¿Cómo ha sido su camino hacia una biología reflexiva?
En cierta manera hay muchos caminos, porque los caminos se hacen por lo que uno hace. Si uno está interesado en el hacer, entonces mi camino va a ser hacer cosas: sería ingeniero, arquitecto, albañil, cualquier cosa. O si lo que a mí me mueve es el entender, entonces voy a ir por otro lado. Yo me he ido por el camino de la comprensión. Pero no del entender abstracto, sino del entender cotidiano. Soy biólogo interesado en qué consiste en el suceder biológico que uno llama conocer.
Si usted se pregunta ¿qué tiene que hacer un estudiante para que yo diga que sabe matemáticas?, la respuesta es muy fácil: tiene que manejar los elementos matemáticos (…). Pero mi pregunta es ¿por qué es?, ¿qué hay que hacer para que yo diga que eso es como es?.
¿Eso es innovación?
Absoluta. Tal vez haya alguien que se lo haya preguntado también, pero es una innovación aceptar que eso es lo central, tomarlo en serio. Yo puedo hacer eso justamente porque soy biólogo, me estaba preguntando qué tiene que pasar en el ser vivo para que yo diga que pasa tal cosa.
¿Cómo ha sido mezclar lo biológico, lo cultural y lo humano, cuando por lo general se estudian por separado?
Claro. Cuando uno separa la biología de la cultura y de lo social, se generan dominios separados. Entonces tienes que hacer interdisciplinas, buscar a la persona que junte dos cosas. Entonces lo que hay que hacer es romper esos bordes disciplinarios y darse cuenta de la naturaleza del hombre integrado. Eso genera una reflexión más amplia que no niega lo particular de esto o de lo otro.
¿Y cómo se entrelazan?
En el origen de lo humano, lo humano surge de lo cultural. Hace 4 mil millones de años cuando surge lo humano y surge el lenguaje, surge inmediatamente lo cultural. Entonces cuando el niño crece, aprende a hablar. Aprenden las palabras viviendo el hacer de las palabras. El niño crece inmerso inmediatamente en el aprender el lenguaje y en el convivir con la cultura (…), lo que pasa es que lo hemos separado como disciplina. Pero todo el tiempo ha sido una unidad. Lo que resulta interesante es que cuando uno reconoce que esto es una unidad, va descubriendo cómo se modula una cosa desde la otra (…). Eso es lo particularmente interesante de que somos biológico culturales, porque podemos entender cómo nuestra biología se modula con lo que pasa con nuestra relación cultural y viceversa.
