“Siempre va a ser la pasión la que domina, ese algo de adentro que uno tiene que decir"
Lunes 25 de Julio de 2011 15:49

Alegre, franca, directa, esta apasionada del arte salió del encierro en su taller para compartir con Mo.0 el camino que ha recorrido en la gestión de su exitosa carrera pictórica, camino en el cual pone énfasis en dos aspectos claves:pasión y perseverancia.
Por Martín Subercaseaux U. // Fotografía: Sergio Gajardo P.
Carmen Aldunate (70) siempre supo a qué dedicaría su vida. Nacida en una familia que giraba en torno el arte -su madre cantaba ópera y era pintora y su tía y abuela tenían talleres- desde muy pequeña siempre supo que mantendría esta vocación familiar. “La primera señal fue que en vez de un chupete me pusieron un pincel dentro de la boca”, comenta entre risas. “Nunca dudé de lo que iba a estudiar porque la verdad no tenía ningún interés en otra cosa que no fuera seguir pintando, dibujando, haciendo cerámicas, esculturas, etc.”.
Criarse en este ambiente de talleres de arte, entre gente interesada y que participaba en el mundo artístico, era considerado anormal para la época. “Tuve una crianza muy relajada, de mucha libertad. Por ejemplo, mis padres no querían que entrara al colegio. Yo insistí y finalmente entré”, recuerda.
Pero no alcanzó a terminarlo. Años después, lo mismo le sucedería como integrante de la primera generación de arte de la Universidad Católica. “O sea, yo no tengo educación primaria, ni secundaria ni nada”, cuenta.
Pese a esto, su búsqueda atrevida y perseverante por encontrar y aprovechar oportunidades, sumado a un indiscutido talento, la han llevado a mantener un reconocimiento por más de 30 años que aún se encuentra en plena vigencia.
¿Qué tan importante fue haber compartido con gente como Mario Carreño, Nemesio Antúnez y Mario Toral, entre otros?
Carreño fue mi principal promotor, tal vez porque entendió la locura de mi casa desde un comienzo. Cuando lo conocí, me acuerdo que me preguntó qué había hecho en el verano y le conté que había cazado murciélagos y eso le fascinó. También le conté que jugaba póquer con mis tíos. Entonces le resulté una persona entretenida. Y me dijo, ¿te gusta la pintura moderna? No, le dije, no la entiendo. ¿Y te gustan las ostras? Me encantan. ¿Y las entiendes? Ahí empecé a entender lo poco que sabía de la vida y nunca más dejé de mirar nada y de aceptar todo. Lo que venga. Carreño me enseñó a no negar ni cuestionar nada hasta que me formara una opinión real del asunto. Si te gusta a ti no tiene que gustarme a mí, pero no por eso vamos a ser enemigos. O sea, atreverme y no juzgar.
Luego fuiste a la universidad de California, ¿cómo recuerdas esa etapa?
Ocho años estuve en California y fue una época genial porque se estaba creando un departamento de Arte, Literatura e Historia allí y yo llegué de puro patúa. O sea vi que se estaba haciendo esto, me acerqué y les dije “yo quiero pintar”. Y había una regla en esta universidad en que se debía aceptar y becar a algunos alumnos de países “tercermundistas”. Al final entré yo y un tipo de color. Con el tiempo, lo más grandes de la universidad encontraron que dibujaba bien, que no era tan loca y me fui quedando.
Era la década de los 70 y Carmen vivía en plena California la revolución de las flores desde una corriente artística que proponía la libertad y el desenfreno como medio de vida y creación. “Dentro de este contexto yo era más responsable, me estaba jugando más que los otros… entonces no es que fuera más talentosa, sino que era más confiable”, relata.

¿Cómo iniciaste tu carrera al volver a Chile?
Cuando volví a Chile me puse a pintar y me ayudó mucho Nemesio Antúnez, que en ese tiempo era director del Bellas Artes. Yo sólo conocía a mis profesores y compañeros de la Católica, pero no a mis colegas contemporáneos. Un día hubo una gran exposición de autorretratos en el Bellas Artes y mandé uno de mis dibujos, que salía de todos los moldes de los que se estaba haciendo aquí, porque venía con los colores chillones y un montón de cosas distintas. Les gustó y lo dejaron. Nemesio me llamó y fue tremendamente empujador y atento. Me dijo: “tú deberías hacer una exposición en algún momento”.
En ese tiempo había una sala de exposición que era de Carmen Waugh y partí para allá. De patúa de nuevo. Llegué y Carmen tenía una exposición con todos los grandes como Balmes, la Gracia, el mismo Antúnez, porque venía una delegación muy importante de un museo de EE.UU. Después de tanto que le insistí, me dijo “ya, tráete una cosa pero súper chica”. Corrí a la casa, tomé un dibujo y lo llevé. Me colgó exactamente detrás de una puerta. Mi misión mientras duró la exposición era irme en las mañanas a que no abrieran la puerta, porque si la abrían no se veía mi cuadro. Entonces yo figuraba aferrada a la puerta. Fui a cerrarla todos los días. Finalmente me compraron el cuadro.Mo.0
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